Creo que aún no había hablado nunca de tarifas en el blog. Ya iba siendo hora.
Cuando yo empecé a trabajar de traductor como autónomo, ahora hará 4 años, hice un estudio de mercado para ver las tarifas que aplicaban otros compañeros en mi situación. Revisé las tarifas orientativas que publicaban asociaciones de traductores como ATIC i TRIAC, pregunté en foros y listas de correo, hablé con mis ex-profesores de la universidad y otros traductores que conozco, miré listas de precios de empresas que ofrecen servicios de traducción, etc.
Normalmente, las empresas consolidadas con nombre y plantilla cobran tarifas más elevadas que los traductores freelance. Esto se explica porque las empresas tienen una serie de costes más elevados que los autónomos y, además, pueden soportar una carga de trabajo superior, lo que les permite ofrecer más servicios y plazos de entrega más reducidos.
A parte del tipo de proveedor, también influye el tipo de traducción y la combinación lingüística. Es más barato traducir un texto de Word que un documento en un formato complicado de editar, y es más barato traducir del español al catalán que del español al árabe.
Con todos estos datos, confeccioné un listado de tarifas que estaban bastante cerca de las tarifas más bajas aceptables.
Poco a poco, conforme iban pasando los años, aplicaba una modesta subida de tarifas y, actualmente, sigo teniendo unas tarifas relativamente bajas (0,05 €/palabra para traducciones entre español y catalán).
No es extraño recibir ofertas de trabajo pidiendo traducciones por precios ridículos o que los clientes potenciales exijan rebajas porque “trabajas muy caro” o “lo podría hacer yo, pero mi tiempo es demasiado valioso”. Tampoco es extraño que algunos posibles clientes se acaben decantando por hacer traducir su documentación comercial a algún empleado interno que una vez hace años hizo un cursillo de inglés.
Yo respeto ese tipo de decisiones, pero creo que es un error muy grave. Las comunicaciones que una empresa manda a sus proveedores, socios, clientes, clientes potenciales, autoridades locales, etc. dicen casi tanto de ella como los productos o servicios que ofrece.
Si una empresa no es cuidadosa en sus comunicaciones y lanza mensajes para captar clientes que son incomprensibles, está perdiendo dinero porque los clientes potenciales sólo captarán un mensaje: “esta gente no es competente.”
Si una empresa ofrece un producto al público con unas instrucciones incomprensibles, los clientes que necesiten leer las instrucciones para accionar el producto pensarán: “la próxima vez compraré un producto de otra marca” o “voy a devolver el producto”.
Por lo tanto, recomiendo a los responsables de las empresas que piensen un poco qué quieren lograr con sus traducciones. Sólo tienen que preguntarse si el objetivo de la traducción es “tenerlo en inglés porque sí” o “proporcionar una alternativa comprensible al público de otros países”.
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Hace 2 años: Propósitos para el 2005





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