Uno de los aspectos que frecuentemente no solemos tener en cuenta cuando nos ofrecen un proyecto es el tiempo de gestión que dedicaremos antes de empezarlo y el tiempo de resolución de dudas y conflictos que podemos necesitar después de acabarlo.
Me explico.
En nuestro sector, el precio de un encargo suele calcularse directamente en función de la cantidad de palabras multiplicado por el precio unitario por palabra, sin más.
En algunos casos, si el encargo no es simplemente hacer una traducción, también se incluye la preparación de los documentos originales para que puedan ser traducidos y la post-edición de los documentos finales para que su formato sea el requerido.
Sin embargo, casi nunca contamos con la inversión de tiempo que supone ir a visitar clientes, entender y estudiar sus necesidades, proponer soluciones personalizadas, preparar presupuestos, validar el material que recibimos, preparar material de referencia, etc. Tampoco solemos calcular el tiempo que necesitaremos después para resolver dudas del cliente, para hacer cambios de última hora, para aplicar nuevas convenciones que surgen después de la entrega, etc.
Cuando un cliente me pregunta si tengo disponibilidad, siempre pienso en el tiempo que tengo entre la recepción del material original y la entrega de la traducción. No suelo preguntarme cuánto tiempo podría dedicarle una vez haya entregado la traducción. Y eso es un error.
En un mundo en el que los los plazos de entrega suelen ser de uno o dos días, en el que las dudas terminológicas o contextuales que surgen no pueden resolverse antes de la fecha de entrega, no es infrecuente que un cliente te pida que apliques cambios a una traducción ya entregada.
Sabiendo eso, podrías pensar en reservarte un par de horas después de cada entrega, y prever que ese tiempo no lo podrás dedicar a otro encargo. Sin embargo, esta solución no resuelve el problema.
En la mayoría de los casos, nunca llegarás a recibir respuesta a tus dudas, porque los cambios finales seguramente los acabe incorporando directamente un revisor en algún punto intermedio de la cadena de intermediarios, por lo que el tiempo que reserves para “gestión de incidencias” acabará convirtiéndose en tiempo infructuoso que podría haber sido dedicado a otro proyecto.
Además, nunca sabes cuando llegarán cambios de última hora. Lo lógico sería que llegaran, como muy tarde, 24 horas después de entregar la traducción (incluso se podría llegar a negociar así), pero la realidad es que la cadena de intermediarios es tan larga que la respuesta a una pregunta del tipo “este adjetivo, ¿a qué nombre califica?” puede tardar una semana en llegar.
Por eso, es complicado responder a una pregunta aparentemente tan sencilla como “¿Tienes disponibilidad?”, y más complicado aún gestionar los proyectos que tienes en la cola de producción cuando llegan respuestas imprevistas a preguntas que formulaste hace tiempo.
En fin, supongo que así es The Freelance way of life
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